starwars: fansfiction
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29 Oct 2008 09:45 #715 por Moon
Respuesta de Moon sobre el tema starwars: fansfiction
Un pequeño homenaje a esos héros silenciosos y desconocidos en SW. Sin duda esto es lo que es.
Aparte de los familiares políticos de Anakin Skywalker, asesinados, por sus propias tropas xD.
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29 Oct 2008 11:02 #716 por claalc
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Respuesta de claalc sobre el tema starwars: fansfiction
Así es, he pretendido contar una pequeña parte de la historia que en la película lo dejaban a la libre imaginación de cada uno. Bien podría haber sido una escena eliminada, jeje.
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30 Oct 2008 05:35 #717 por General Grievous
Respuesta de General Grievous sobre el tema starwars: fansfiction
Qué buen relato. La muerte de los Lars es algo que siempre me parecío muy trágico e interesante a la vez. Son personajes muy interesantes y entrañables los Lars. Esa granja siempre está llena de historias.
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02 Nov 2008 10:37 #718 por claalc
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Respuesta de claalc sobre el tema starwars: fansfiction
Os dejo otro relato más, el número 20 (el de los Lars era el 19, me equivoqué)...
>>> COINCIDENCIAS <<<
Hay que ver. Es increíble. Realmente increíble. Tanto, que dudo que crean lo que están a punto de leer. Estén atentos a lo que os voy a contar, pues os parecerá un relato de ciencia-ficción más que una narración basada en hechos reales, como es el caso. En serio: no lo van a creer.
Todo comenzó un día cualquiera: soleado y caluroso, como era habitual en Tatooine. Lo sé no porque viva allí, sino porque suelo ir de vez en cuando a comerciar. Soy mercader y todo mi negocio, como sabrán, consiste en llevar una gran variedad de artículos de un planeta a otro, en función de la demanda. Como en esta ocasión, en la que me había informado de que en este desértico planeta se pedía a gritos una inmensa cantidad de agua, lo cual no parece raro a priori. Sin embargo, sí que lo era: todo habitante disponía de su propio vaporizador de agua, con el que se abastecían sin ningún problema. Incluso había un gran número de granjeros de humedad, que tenían un mayor número de estos aparatos, y muchos se dedicaban a vender el imprescindible líquido.
Por lo tanto, supuse que se trataba de un problema de gran escala, una especie de sequía o alguna otra catástrofe natural. El caso es que coincidió que me encontraba cerca de esa zona del Borde Exterior, así como, además, en el planeta en el que me encontraba pude obtener todo el agua que podía meter en mi carguero. Todo estaba a mi favor para conseguir, quizás, el mayor beneficio del año.
Una vez llené los compartimentos de mi nave a más no poder, partí lo más velozmente que pude hacia el planeta para evitar al mayor número posible de competidores. No dudé en dirigirme a la ciudad más poblada, la que normalmente visitaba: Mos Eisley. Allí es donde, preveía, iba a obtener mayores ventas.
Pero cuál fue mi sorpresa al ver que la situación de la urbe era completamente normal. Nadie parecía estar sediento, ni mucho menos. Todos andaban, compraban, hablaban… No había ningún indicio de que hubiera problema alguno. En caso de haberlo, tenía que ser mío. Me debí informar mal. Quizá entendí mal el nombre del planeta. Pensé que me había equivocado con Dantooine. Pero nada de eso. Un rifle bláster apuntándome a la cabeza me indicó que el problema era de otra clase.
Se trataba de Doromerk, mi peor rival desde que le robara un importantísimo cliente en un mercado de Bakura. Vendíamos la misma mercancía, pero fui lo suficientemente habilidoso como para hacerme con el valioso cliente, que me reportó una pequeña fortuna. Desde entonces, me echó el mal de ojo y siempre que nos encontrábamos, algo más habitual de lo que se pueda pensar, me hacía todo tipo de jugarretas para quitarme del negocio. Esta era otra de ellas, pero había tomado un tinte un tanto exagerado viniendo de un mercader. Quitarme la vida por aquella venta era totalmente patético a la vez que brutal.
Y entonces disparó. Menos mal que lo hizo contra el suelo mientras caía derribado por el fogonazo de mi buen amigo Lokk. Coincidió que pasaba por allí. También coincidió que se fijara en la nave que se disponía a aterrizar. Y, por si fuera poco, coincidió, además, que iba armado con una pistola bláster por primera vez, según creo. Yo nunca le había visto armado, así que, tras agradecerle debidamente la oportuna intervención, le pregunté por qué llevaba un arma. Su respuesta me sorprendió casi tanto como la salvación: me llevaba capturado ante un gremio de mercaderes que me buscaban, vivo o muerto, por no pertenecer a su grupo. Un grupo que rechacé por los impuestos que exigía a cambio de seguridad, cosa que a mí no me hacía falta para nada… salvo para protegerme de los propios integrantes del gremio. Así que se podían considerar una mafia que ahora me habían puesto un precio, tanto vivo como muerto. Como sin vida valía menos la recompensa, el traidor de Lokk mató a mi rival para cobrar más.
Poco más tarde, llegué junto a él al bar en el que estaban reunidos los mafiosos. Me apuntaba todo el tiempo, así que ni siquiera pensé en intentar la fuga. El cuarteto de mercaderes esperaba con impaciencia mi llegada tras el falso aviso de necesidad de agua en Tatooine que me habían enviado. Pero, entonces, cuando ya sacaban la bolsa de dinero para pagar a Lokk, un grupo de maleantes efectuaron un robo al establecimiento y a todos sus clientes. Menuda coincidencia, ¿verdad? Así que los ladrones se llevaron un botín de enormes dimensiones: al contenido de la caja registradora había que añadir no sólo el dinero que cada individuo llevaba encima sino la cuantiosa recompensa por mi captura. Me fijé en la cara de Lokk cuando le arrebatan la bolsa de las manos: me alegró a pesar del fatídico momento que estaba viviendo.
Una vez los delincuentes abandonaron el local, pegué una veloz patada a la mesa en la que se hallaban los mercaderes, lanzándoles encima todos los vasos, botellas y bebidas que sobre ella había. Después, también con suma rapidez, asesté un fuerte codazo a la cara de Lokk, que cayó al suelo bastante aturdido. Toda aquella distracción resultó más que suficiente para que me diera tiempo a salir del bar sin recibir ningún disparo por la espalda.
Fuera, coincidió que en ese preciso momento, ni un segundo antes ni un segundo después, un conductor de swoop se encontraba a punto de parar el funcionamiento de su vehículo para dejarle aparcado. No dudé entonces en empujarle y robarle su moto deslizadora. Aceleré y dejé la calle poco antes de que los mercaderes salieran del bar, con lo que no pudieron ver hacia dónde me dirigí… pero sí hacerse una idea a partir de las especificaciones del propietario del vehículo, que, enfurecido y sediento de venganza, se unió al grupo.
El problema estaba ahora en que no tenía mucha idea de manejar un transporte tan veloz como aquel. Es más, nunca lo había hecho. Mi especialidad estaba en conducir vehículos de gran tonelaje y dimensiones destinados al transporte de mercancías. No obstante, no era muy difícil, así que en seguida me encontré en las proximidades a la bahía en la que tenía aparcado mi carguero.
Pero, de nuevo por culpa de una coincidencia, un accidente me impidió llegar a mi destino. Se trataba de un dewback que se cruzó de manera repentina en mi trayectoria. Fui incapaz de esquivarlo. Se había desbocado por alguna razón y su dueña no pudo detenerle en su avance. Como para lograrlo, teniendo en cuenta el peso del animal. Afortunadamente, la criatura no me pasó por encima: fui yo quien la sobrevoló tras estrellarse mi swoop contra su cuerpo. Más que una gran altura, recorrí una gran distancia, debido a la tremenda velocidad a la que iba, seguramente excesiva para un entorno urbano. Pero el miedo a que me alcanzaran mis violentos perseguidores, me hizo acelerar en demasía.
Cuando recobré el conocimiento, ya por la noche, me desperté tumbado en una cama. En seguida deduje que debía encontrarme en la casa de la mujer, dado que fue su animal quien provocó el accidente y tenía la obligación de atenderme. Hasta ahí, todo normal. Lo que me sorprendió es que me hubiera curado mis rasguños y heridas, y, además, sin despertarme.
Me levanté entonces para salir del cuarto, no sin esfuerzo, pues aún me encontraba un poco débil y con algo de dolor de cabeza. Pasé al salón comedor y allí estaba ella, que muy atentamente me preguntó por mi estado. Yo la aseguré que estaba plenamente recuperado y que debía irme, pero ella insistió en que me quedara a cenar con ella y su marido, que estaba a punto de llegar.
De nuevo sorprendido ante la amabilidad de la ciudadana, opté por aceptar la invitación. Minutos después, una vez la cena estaba servida y lista para ser ingerida, justo en el preciso momento en el que me disponía a tomar la primera cucharada, coincidió que entró por la puerta su marido, que, coincidentemente, era, ni más ni menos, que uno de los cuatro componentes del gremio de mercaderes. ¡Con lo grande que es Mos Eisley!
El hombre, nada más verme, se dirigió hacia mí con una cara de furia tan tremendamente infernal que hasta su esposa quedó impactada. Ni un devaroniano hubiera representado más fielmente al diablo. Se fue acercando a mí mientras se remangaba las mangas y se dispuso a efectuar su primer puñetazo. Yo no podía competir físicamente con un individuo de su corpulencia, así que hice uso de mi ingenio. El resultado fue satisfactorio: le lancé el plato de sopa que estaba a punto de tomar a la cara, distracción que, de nuevo, me permitió escapar. Especialmente por la alta temperatura a la que estaba el líquido…
Una vez más en las calles de Tatooine, comprobé por qué en Mos Eisley no había nunca gente paseando por la noche. Era totalmente cierto aquel dicho que decía que Tatooine por la noche era como Hoth por el día. Yo nunca había experimentado la noche en aquella ciudad, dado que me iba cuando finalizaba el mercado, a medio día. Y, por ello, ahora no tenía la ropa suficiente como para soportar aquel frío. Tuve que meterme en la famosa Cantina de Mos Eisley, donde siempre había tanta gente como por el día y donde se conservaba la misma temperatura, gracias al uso de reguladores térmicos.
Pedí una bebida y poco después pregunté al camarero la localización del hotel más cercano, al cual fui no mucho más tarde para pasar allí la noche, dado que no podía ir hasta mi nave con el frío que hacía. Además, me costaba orientarme, puesto que era la primera vez que estaba en Mos Eisley por la noche.
>>> COINCIDENCIAS <<<
Hay que ver. Es increíble. Realmente increíble. Tanto, que dudo que crean lo que están a punto de leer. Estén atentos a lo que os voy a contar, pues os parecerá un relato de ciencia-ficción más que una narración basada en hechos reales, como es el caso. En serio: no lo van a creer.
Todo comenzó un día cualquiera: soleado y caluroso, como era habitual en Tatooine. Lo sé no porque viva allí, sino porque suelo ir de vez en cuando a comerciar. Soy mercader y todo mi negocio, como sabrán, consiste en llevar una gran variedad de artículos de un planeta a otro, en función de la demanda. Como en esta ocasión, en la que me había informado de que en este desértico planeta se pedía a gritos una inmensa cantidad de agua, lo cual no parece raro a priori. Sin embargo, sí que lo era: todo habitante disponía de su propio vaporizador de agua, con el que se abastecían sin ningún problema. Incluso había un gran número de granjeros de humedad, que tenían un mayor número de estos aparatos, y muchos se dedicaban a vender el imprescindible líquido.
Por lo tanto, supuse que se trataba de un problema de gran escala, una especie de sequía o alguna otra catástrofe natural. El caso es que coincidió que me encontraba cerca de esa zona del Borde Exterior, así como, además, en el planeta en el que me encontraba pude obtener todo el agua que podía meter en mi carguero. Todo estaba a mi favor para conseguir, quizás, el mayor beneficio del año.
Una vez llené los compartimentos de mi nave a más no poder, partí lo más velozmente que pude hacia el planeta para evitar al mayor número posible de competidores. No dudé en dirigirme a la ciudad más poblada, la que normalmente visitaba: Mos Eisley. Allí es donde, preveía, iba a obtener mayores ventas.
Pero cuál fue mi sorpresa al ver que la situación de la urbe era completamente normal. Nadie parecía estar sediento, ni mucho menos. Todos andaban, compraban, hablaban… No había ningún indicio de que hubiera problema alguno. En caso de haberlo, tenía que ser mío. Me debí informar mal. Quizá entendí mal el nombre del planeta. Pensé que me había equivocado con Dantooine. Pero nada de eso. Un rifle bláster apuntándome a la cabeza me indicó que el problema era de otra clase.
Se trataba de Doromerk, mi peor rival desde que le robara un importantísimo cliente en un mercado de Bakura. Vendíamos la misma mercancía, pero fui lo suficientemente habilidoso como para hacerme con el valioso cliente, que me reportó una pequeña fortuna. Desde entonces, me echó el mal de ojo y siempre que nos encontrábamos, algo más habitual de lo que se pueda pensar, me hacía todo tipo de jugarretas para quitarme del negocio. Esta era otra de ellas, pero había tomado un tinte un tanto exagerado viniendo de un mercader. Quitarme la vida por aquella venta era totalmente patético a la vez que brutal.
Y entonces disparó. Menos mal que lo hizo contra el suelo mientras caía derribado por el fogonazo de mi buen amigo Lokk. Coincidió que pasaba por allí. También coincidió que se fijara en la nave que se disponía a aterrizar. Y, por si fuera poco, coincidió, además, que iba armado con una pistola bláster por primera vez, según creo. Yo nunca le había visto armado, así que, tras agradecerle debidamente la oportuna intervención, le pregunté por qué llevaba un arma. Su respuesta me sorprendió casi tanto como la salvación: me llevaba capturado ante un gremio de mercaderes que me buscaban, vivo o muerto, por no pertenecer a su grupo. Un grupo que rechacé por los impuestos que exigía a cambio de seguridad, cosa que a mí no me hacía falta para nada… salvo para protegerme de los propios integrantes del gremio. Así que se podían considerar una mafia que ahora me habían puesto un precio, tanto vivo como muerto. Como sin vida valía menos la recompensa, el traidor de Lokk mató a mi rival para cobrar más.
Poco más tarde, llegué junto a él al bar en el que estaban reunidos los mafiosos. Me apuntaba todo el tiempo, así que ni siquiera pensé en intentar la fuga. El cuarteto de mercaderes esperaba con impaciencia mi llegada tras el falso aviso de necesidad de agua en Tatooine que me habían enviado. Pero, entonces, cuando ya sacaban la bolsa de dinero para pagar a Lokk, un grupo de maleantes efectuaron un robo al establecimiento y a todos sus clientes. Menuda coincidencia, ¿verdad? Así que los ladrones se llevaron un botín de enormes dimensiones: al contenido de la caja registradora había que añadir no sólo el dinero que cada individuo llevaba encima sino la cuantiosa recompensa por mi captura. Me fijé en la cara de Lokk cuando le arrebatan la bolsa de las manos: me alegró a pesar del fatídico momento que estaba viviendo.
Una vez los delincuentes abandonaron el local, pegué una veloz patada a la mesa en la que se hallaban los mercaderes, lanzándoles encima todos los vasos, botellas y bebidas que sobre ella había. Después, también con suma rapidez, asesté un fuerte codazo a la cara de Lokk, que cayó al suelo bastante aturdido. Toda aquella distracción resultó más que suficiente para que me diera tiempo a salir del bar sin recibir ningún disparo por la espalda.
Fuera, coincidió que en ese preciso momento, ni un segundo antes ni un segundo después, un conductor de swoop se encontraba a punto de parar el funcionamiento de su vehículo para dejarle aparcado. No dudé entonces en empujarle y robarle su moto deslizadora. Aceleré y dejé la calle poco antes de que los mercaderes salieran del bar, con lo que no pudieron ver hacia dónde me dirigí… pero sí hacerse una idea a partir de las especificaciones del propietario del vehículo, que, enfurecido y sediento de venganza, se unió al grupo.
El problema estaba ahora en que no tenía mucha idea de manejar un transporte tan veloz como aquel. Es más, nunca lo había hecho. Mi especialidad estaba en conducir vehículos de gran tonelaje y dimensiones destinados al transporte de mercancías. No obstante, no era muy difícil, así que en seguida me encontré en las proximidades a la bahía en la que tenía aparcado mi carguero.
Pero, de nuevo por culpa de una coincidencia, un accidente me impidió llegar a mi destino. Se trataba de un dewback que se cruzó de manera repentina en mi trayectoria. Fui incapaz de esquivarlo. Se había desbocado por alguna razón y su dueña no pudo detenerle en su avance. Como para lograrlo, teniendo en cuenta el peso del animal. Afortunadamente, la criatura no me pasó por encima: fui yo quien la sobrevoló tras estrellarse mi swoop contra su cuerpo. Más que una gran altura, recorrí una gran distancia, debido a la tremenda velocidad a la que iba, seguramente excesiva para un entorno urbano. Pero el miedo a que me alcanzaran mis violentos perseguidores, me hizo acelerar en demasía.
Cuando recobré el conocimiento, ya por la noche, me desperté tumbado en una cama. En seguida deduje que debía encontrarme en la casa de la mujer, dado que fue su animal quien provocó el accidente y tenía la obligación de atenderme. Hasta ahí, todo normal. Lo que me sorprendió es que me hubiera curado mis rasguños y heridas, y, además, sin despertarme.
Me levanté entonces para salir del cuarto, no sin esfuerzo, pues aún me encontraba un poco débil y con algo de dolor de cabeza. Pasé al salón comedor y allí estaba ella, que muy atentamente me preguntó por mi estado. Yo la aseguré que estaba plenamente recuperado y que debía irme, pero ella insistió en que me quedara a cenar con ella y su marido, que estaba a punto de llegar.
De nuevo sorprendido ante la amabilidad de la ciudadana, opté por aceptar la invitación. Minutos después, una vez la cena estaba servida y lista para ser ingerida, justo en el preciso momento en el que me disponía a tomar la primera cucharada, coincidió que entró por la puerta su marido, que, coincidentemente, era, ni más ni menos, que uno de los cuatro componentes del gremio de mercaderes. ¡Con lo grande que es Mos Eisley!
El hombre, nada más verme, se dirigió hacia mí con una cara de furia tan tremendamente infernal que hasta su esposa quedó impactada. Ni un devaroniano hubiera representado más fielmente al diablo. Se fue acercando a mí mientras se remangaba las mangas y se dispuso a efectuar su primer puñetazo. Yo no podía competir físicamente con un individuo de su corpulencia, así que hice uso de mi ingenio. El resultado fue satisfactorio: le lancé el plato de sopa que estaba a punto de tomar a la cara, distracción que, de nuevo, me permitió escapar. Especialmente por la alta temperatura a la que estaba el líquido…
Una vez más en las calles de Tatooine, comprobé por qué en Mos Eisley no había nunca gente paseando por la noche. Era totalmente cierto aquel dicho que decía que Tatooine por la noche era como Hoth por el día. Yo nunca había experimentado la noche en aquella ciudad, dado que me iba cuando finalizaba el mercado, a medio día. Y, por ello, ahora no tenía la ropa suficiente como para soportar aquel frío. Tuve que meterme en la famosa Cantina de Mos Eisley, donde siempre había tanta gente como por el día y donde se conservaba la misma temperatura, gracias al uso de reguladores térmicos.
Pedí una bebida y poco después pregunté al camarero la localización del hotel más cercano, al cual fui no mucho más tarde para pasar allí la noche, dado que no podía ir hasta mi nave con el frío que hacía. Además, me costaba orientarme, puesto que era la primera vez que estaba en Mos Eisley por la noche.
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02 Nov 2008 10:38 #719 por claalc
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Respuesta de claalc sobre el tema starwars: fansfiction
A la mañana siguiente, me levanté muy, muy temprano para evitar toparme de nuevo con el gremio de mercaderes. Pero otra vez una coincidencia hizo que el hotel que abandonaba se encontraba en la calle donde se realizaba el mercado al que yo solía acudir. Como dije, y si no lo digo ahora, por la noche no me había orientado en absoluto.
Así que allí estaban todos los comerciantes colocando ya sus puestos… y saludándome otros. Evidentemente, me vi obligado a no hacerles caso, puesto que seguramente entre todos ellos habría un gran número de integrantes del gremio y, por tanto, tendrían conocimiento acerca de la recompensa que se ofrecía por mi captura. Pero jamás imaginé que fueran tantos: decenas de mercaderes comenzaron a correr tras de mí en cuanto me vieron. Pero yo creo que muchos corrían por correr, por intentar conseguir algo valioso, sin ni siquiera saber el qué, puesto que la distancia desde la que venían algunos impedía con toda seguridad un reconocimiento de mi persona.
Aquello parecía una maratón con tintes de rugby. Sí, rugby: a parte de correr, tenía que ir esquivando diversos vendedores que trataban de atraparme. Menos mal que estaba en forma y que había descansado muy bien, pues, si no, no lo hubiera logrado. Llegué a mi bahía sano y salvo, aunque con casi un centenar de perseguidores tras mis espaldas. Entré, cerré la puerta del hangar y me subí a mi carguero, radiante de felicidad por la hazaña conseguida. Mejor dicho, por las hazañas, que no hay que olvidar las del día anterior.
Increíble fue también lo que me ocurrió entonces: coincidió que, nada más alcanzar unos diez metros de altura durante el despegue vertical, una pequeña explosión hizo que mi vehículo cayera al lugar donde se encontraba estacionado segundos antes. Por si fuera poco, también coincidió que se trataba del motor de elevación por repulsión, el elemento fundamental de toda nave para poder volar en atmósferas planetarias. Así que, en otras palabras, ¡¡me era imposible despegar por un fallo técnico de mi carguero cuando me encontraba rodeado por más de un centenar de enemigos!! Era increíble. Sobre todo por el gran número de revisiones a las que sometía mi nave para evitar este tipo de molestas averías. Aunque en este caso, más que molesta, podría haber sido mortal.
Afortunadamente, coincidió además que con el tremendo golpe de la caída, se rompieron prácticamente todos los contenedores de agua que había traído para vender si el problema de su escasez no hubiera sido un engaño. Esta casualidad sí que me vino de maravilla, puesto que los mercaderes, al tratar de abrir la puerta trasera mediante explosivos, quedaron sepultados por una gran avalancha de agua que inundó toda la bahía. Aproveché esta distracción, por la cual todos estaban tirados por los suelos los unos encima de los otros, para huir del lugar pisando por encima de sus cuerpos. Alcancé la puerta, la abrí como pude entre agarrones y patadas, y salí junto a la riada de agua e individuos.
En esta nueva persecución, logré despistarles en poco tiempo, dada mi ventaja a la hora de empezar a correr: ni estaba mojado ni tenía que quitarme de encima a gente y más gente. Coincidió entonces que me topé con alguien que decía vender su nave. Se encontraba junto a la puerta de otra bahía de aterrizaje y estaba dispuesto a deshacerse de su vehículo por un precio más que razonable. Tal es así que, tras hablar con él, le pude dar el dinero en efectivo. Ahora sí que podía escapar de una vez por todas.
Pero, por enésima vez, las coincidencias hicieron de las suyas: precisamente esa venta era un timo, no una ganga, como solía ser habitual en Mos Eisley. Y digo esto porque soy mercader y lo sé: los timos están muy penalizados. Pero tenía que pasarme a mí. De todas las compras correctas que se hicieron aquel día, la única mala tenía que ser la que yo hice. ¡Hay que ver!
La nave ni siquiera arrancaba. No daba señales de vida. Era un carguero ligero, de menor tamaño que el mío, que, por fuera, parecía estar muy bien cuidado, pero lo que es por dentro… Aquello parecía más una chatarrería que una máquina.
Desanimado y con el miedo en el cuerpo, me arriesgué a salir del hangar en busca de un droide astromecánico que pudiera hacer un reconocimiento de la nave. Aún conservaba la esperanza de que no estuviera todo lo mal que aparentaba y me permitiera despegar tras unos pequeños arreglos, al menos hasta llegar al planeta más cercano. Como, milagrosamente, así fue.
Coincidió entonces que había una tienda de droides a pocos metros, con lo que reduje las posibilidades de que fuera visto por los comerciantes. También tuve la suerte de que coincidiera que había un droide astromecánico de oferta, con lo que pude adquirirle por un precio realmente bajo. Ya el colmo fue que coincidiera que me quedara el dinero justo tras haber gastado en el hotel y en la nave averiada.
Así que volví a la bahía con mi nuevo droide y le ordené que hiciera una revisión completa a mi transporte. Cuál fue mi sorprenda cuando, al cabo de una hora, me aseguró que ya estaba arreglada y en perfecto estado de funcionamiento… salvo por dispositivos no esenciales para el vuelo, como las comunicaciones o el soporte vital. Esto último casi me echa para atrás en la idea de abandonar el planeta a bordo de ese carguero, pues, en caso de que tuviera otra desagradable coincidencia durante el trayecto, podría perder la vida al no tener ningún sistema de salvamento… pero me arriesgué e inicié el proceso de despegue, que se realizó con éxito, afortunadamente. Lo mismo ocurrió con el viaje. Fin de la historia. ¿Increíblemente peculiar, verdad? ¿O peculiarmente increíble…?
Ahora queda en vuestras manos, queridos lectores, creer o no la veracidad de este relato, puesto que no tengo ninguna prueba de que lo aquí expuesto haya ocurrido: ha coincidido que justo hoy mismo he perdido la ruinosa nueva nave que compré, junto al droide astromecánico. Curiosamente hoy, un día que tenía reservado desde hace semanas para escribir estos recuerdos.
Bueno, ahora que lo pienso, sí que tengo una única prueba, aunque no demasiado válida: desde entonces, ya no soy mercader.
*** FIN ***
Así que allí estaban todos los comerciantes colocando ya sus puestos… y saludándome otros. Evidentemente, me vi obligado a no hacerles caso, puesto que seguramente entre todos ellos habría un gran número de integrantes del gremio y, por tanto, tendrían conocimiento acerca de la recompensa que se ofrecía por mi captura. Pero jamás imaginé que fueran tantos: decenas de mercaderes comenzaron a correr tras de mí en cuanto me vieron. Pero yo creo que muchos corrían por correr, por intentar conseguir algo valioso, sin ni siquiera saber el qué, puesto que la distancia desde la que venían algunos impedía con toda seguridad un reconocimiento de mi persona.
Aquello parecía una maratón con tintes de rugby. Sí, rugby: a parte de correr, tenía que ir esquivando diversos vendedores que trataban de atraparme. Menos mal que estaba en forma y que había descansado muy bien, pues, si no, no lo hubiera logrado. Llegué a mi bahía sano y salvo, aunque con casi un centenar de perseguidores tras mis espaldas. Entré, cerré la puerta del hangar y me subí a mi carguero, radiante de felicidad por la hazaña conseguida. Mejor dicho, por las hazañas, que no hay que olvidar las del día anterior.
Increíble fue también lo que me ocurrió entonces: coincidió que, nada más alcanzar unos diez metros de altura durante el despegue vertical, una pequeña explosión hizo que mi vehículo cayera al lugar donde se encontraba estacionado segundos antes. Por si fuera poco, también coincidió que se trataba del motor de elevación por repulsión, el elemento fundamental de toda nave para poder volar en atmósferas planetarias. Así que, en otras palabras, ¡¡me era imposible despegar por un fallo técnico de mi carguero cuando me encontraba rodeado por más de un centenar de enemigos!! Era increíble. Sobre todo por el gran número de revisiones a las que sometía mi nave para evitar este tipo de molestas averías. Aunque en este caso, más que molesta, podría haber sido mortal.
Afortunadamente, coincidió además que con el tremendo golpe de la caída, se rompieron prácticamente todos los contenedores de agua que había traído para vender si el problema de su escasez no hubiera sido un engaño. Esta casualidad sí que me vino de maravilla, puesto que los mercaderes, al tratar de abrir la puerta trasera mediante explosivos, quedaron sepultados por una gran avalancha de agua que inundó toda la bahía. Aproveché esta distracción, por la cual todos estaban tirados por los suelos los unos encima de los otros, para huir del lugar pisando por encima de sus cuerpos. Alcancé la puerta, la abrí como pude entre agarrones y patadas, y salí junto a la riada de agua e individuos.
En esta nueva persecución, logré despistarles en poco tiempo, dada mi ventaja a la hora de empezar a correr: ni estaba mojado ni tenía que quitarme de encima a gente y más gente. Coincidió entonces que me topé con alguien que decía vender su nave. Se encontraba junto a la puerta de otra bahía de aterrizaje y estaba dispuesto a deshacerse de su vehículo por un precio más que razonable. Tal es así que, tras hablar con él, le pude dar el dinero en efectivo. Ahora sí que podía escapar de una vez por todas.
Pero, por enésima vez, las coincidencias hicieron de las suyas: precisamente esa venta era un timo, no una ganga, como solía ser habitual en Mos Eisley. Y digo esto porque soy mercader y lo sé: los timos están muy penalizados. Pero tenía que pasarme a mí. De todas las compras correctas que se hicieron aquel día, la única mala tenía que ser la que yo hice. ¡Hay que ver!
La nave ni siquiera arrancaba. No daba señales de vida. Era un carguero ligero, de menor tamaño que el mío, que, por fuera, parecía estar muy bien cuidado, pero lo que es por dentro… Aquello parecía más una chatarrería que una máquina.
Desanimado y con el miedo en el cuerpo, me arriesgué a salir del hangar en busca de un droide astromecánico que pudiera hacer un reconocimiento de la nave. Aún conservaba la esperanza de que no estuviera todo lo mal que aparentaba y me permitiera despegar tras unos pequeños arreglos, al menos hasta llegar al planeta más cercano. Como, milagrosamente, así fue.
Coincidió entonces que había una tienda de droides a pocos metros, con lo que reduje las posibilidades de que fuera visto por los comerciantes. También tuve la suerte de que coincidiera que había un droide astromecánico de oferta, con lo que pude adquirirle por un precio realmente bajo. Ya el colmo fue que coincidiera que me quedara el dinero justo tras haber gastado en el hotel y en la nave averiada.
Así que volví a la bahía con mi nuevo droide y le ordené que hiciera una revisión completa a mi transporte. Cuál fue mi sorprenda cuando, al cabo de una hora, me aseguró que ya estaba arreglada y en perfecto estado de funcionamiento… salvo por dispositivos no esenciales para el vuelo, como las comunicaciones o el soporte vital. Esto último casi me echa para atrás en la idea de abandonar el planeta a bordo de ese carguero, pues, en caso de que tuviera otra desagradable coincidencia durante el trayecto, podría perder la vida al no tener ningún sistema de salvamento… pero me arriesgué e inicié el proceso de despegue, que se realizó con éxito, afortunadamente. Lo mismo ocurrió con el viaje. Fin de la historia. ¿Increíblemente peculiar, verdad? ¿O peculiarmente increíble…?
Ahora queda en vuestras manos, queridos lectores, creer o no la veracidad de este relato, puesto que no tengo ninguna prueba de que lo aquí expuesto haya ocurrido: ha coincidido que justo hoy mismo he perdido la ruinosa nueva nave que compré, junto al droide astromecánico. Curiosamente hoy, un día que tenía reservado desde hace semanas para escribir estos recuerdos.
Bueno, ahora que lo pienso, sí que tengo una única prueba, aunque no demasiado válida: desde entonces, ya no soy mercader.
*** FIN ***
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04 Nov 2008 11:06 #720 por Moon
Respuesta de Moon sobre el tema starwars: fansfiction
Vaya 
Un Watto fracasado parece que cuenta la historia hoy
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